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sábado, 15 de febrero de 2014

Otra vez el dragón.

Contaba sólo un instante para anunciar que el dragón ya no seguía ahí. Pero yo volvi a entretenerme con los amantes del menos peor. Y su discurso bizantino; doctrina de media cuartilla repetida siete veces siete; indeleble como pintura para uñas. Mismo aroma.
Lo siento compañeros, no estoy de acuerdo con que los mares de las playas se van ni con la unidad nacional ni la venta de las autodefenzas al gobierno federal. No voy a teñirme el cabello de rojo ni a ponerme los pants color de rosa. Ni siquiera me voy a molestar en tratar de entender las idioteces del Komander. Ya sé que es como paquita la del barrio, pero con pistola, y que la guarda bajo la almohada, y que es el que escupe más alto, y que huele a siete machos. Siete veces siete.
El dragón no era dragón; era un caballo de troya. Troya no ardió; la quemaron. Los troyanos no eran sólo la clase gobernante: ese es el engaño de la historia, nuestra condena académica.
¿Para cuántos palacios alcanza tu capital político?
El menos peor volvió a cambiar de partido. Tenía tantos cuerpos como cabezas la medusa, tantas vidas como budha. Tantas y tantas manadas de borregos de todos colores. Pero su corazón estaba al final del camino amarillo y había que atravesarlo con pancartas, monumento a la independencia, derechos humanos, ejercito de salvación, Dorothy.
No mames.
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