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martes, 6 de agosto de 2013

Teatro demagógico.


A finales del siglo XIX y principios del del veinte, en diversas capitales del mundo occidental surgió, por generación espontánea, un teatro digno del hombre evolucionado. Llamados en algunas latitudes, teatro vivencial, teatro psicológico, teatro realista, etc; aparecieron en medio del furor ilustrado y las demagogias positivistas recién desenvueltas, múltiples manifestaciones escénicas, de distinta fachada, pero idénticas en esencia. Fue el siglo de los genios, procreadores de manifiestos y anuncios del futuro del hombre liberado por su hija predilecta: la máquina. Igual que las grandes bocinas propagandísticas de la época, tomó el monopolio de palabras como "verdad, realidad, verídico, auténtico", etc. Un teatro de director, donde la estructura piramidal de la producción industrial se reproduce, en un caldo de conflictos interpersonales, jerarquías, nepotismo y competencia voraz; que arrojan los materiales filosófico-teóricos de donde han de servirse los profesionales de la manipulación: cine, televisión, radio, etc. Del mismo modo en que una bolsa de papas fritas promete tener exclusivamente ingredientes naturales, los actores recitan interminables lecciones sobre la metafísica del realismo, para acabar memorizando los engranajes del texto, el matiz, el trazo y todo el paquete de ofertas istriónicas que se repiten de manera mecánica, función tras función. Así como un refresco de cola asegura ser dietético, el director extiende su capa protectora sobre conceptos sagrados de arte y cultura, promete defender a toda costa tales abstracciones, porque la academia lo ha vacunado contra toda expresión espontánea, vulgar o popular; y se mantiene al margen de las ideas masivas, alzándose por encima de la multitud carente de apoyos institucionales, como la representación encarnada del saber, al que no se le puede acercar el hombre común sino es a través de sus oráculos y enigmas escénicos, que con tanta inteligencia confunden al espectador.
El futuro nos depara un teatro cuya verdad sera más inflexible, cuyas directrices pasaran de lo autoritario a lo total. Ya no serán necesarias las herramientas del oficio arcaico, hechas para convencer; tendremos la incuestionable visión de lo cierto, del ARTE.
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