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lunes, 18 de febrero de 2013

Linchamiento.



‎"hay una parte psicótica, más específicamente núcleos psicóticos en nuestra personalidad, que siempre permanecen; son una herencia del estado de simbiosis originario, separados- “clivados”- de la parte más evolucionada o madura de nuestra personalidad. La parte inmadura, sincrética de nuestra personalidad es depositada en las instituciones" José Bleger



Para mantener el monopolio de la justicia, el estado necesita mantener el monopolio de la razón; el primero como potencia, el segundo como valor adquirido. En este sentido, las instituciones, junto con el voto, parecen ser el pilar central para sostener la credibilidad del sistema-gobierno. Pero las instituciones existen antes que el enredo burocrático: fenómenos asociados al desequilibrio emocional, la identidad, la pertenencia grupal, etc, instituyen en el entorno social un acuerdo tácito, una ley no escrita que garantiza la seguridad de cada individuo en tanto que recupere y se adhiera al código del grupo. La moral y el prejuicio son instituciones naturales que, en sociedades tribales, han marcado la linea definitiva para delimitar la invasión cultural moderna e ilustrada. Por eso el Estado debe contra atacar y dirigir su terrorismo educativo hacia esas formas de resistencia y pasarlas al lado malo de la dicotomía judeocristiana. La satanización de prácticas como el linchamiento, ocultan una parte esencial de la identidad cultural, que vale la pena revisar. A continuación describo el fenómeno del linchamiento, más allá del amarillismo del que ha sido investido, y estoy seguro que le sorprenderá por su familiaridad.

La justicia primitiva (llamada así por la ilustración totalitaria) suele dar castigos leves, amistosos en comparación con el sistema carcelero civilizado. Por ejemplo, entre las comunidades indígenas del estado de Guerrero, en México, a un asesino se le condenaría a mantener a los hijos de su víctima, dándoles a los huérfanos la atención que debió darles el padre asesinado. Otros castigos comunes entre comunidades indígenas y tribus, consisten en jornadas de trabajo simbólicas, o simples disculpas. Castigos benévolos que contrastan con sucesos aislados y de una violencia contundente, mejor conocidos como: Linchamiento. ¿Cómo es que en sociedades de convivencia, caracterizados por su armonía, se puede cruzar esta linea y alcanzar expresiones sanguinarias? Expresiones de las que suelen ser testigos todos sus miembros, desde los infantes hasta las tatarabuelas. Veámoslo de forma cronológica:
Para la comunidad, lo más importante es conservar el acuerdo de unidad, pues al no existir un liderazgo contundente y absoluto, el poder se dispersa entre las voluntades aisladas, sujetas a los cambios de ánimo y percepciones particulares. De tal modo que se ve comprometida, la confianza. Así, los castigos antes mencionados, no dependen de una condena rigurosa, sino de una fe rigurosa en que el sujeto de la condena cumpla con su palabra. Como garantía queda la mirada de cada miembro de la comunidad, la memoria y su vigilancia. Se trata de un contexto que va más allá de la presunción de inocencia, pues no pretende corregir al individuo, sino conservar el equilibrio del conjunto.
En este escenario, y dada la diversidad humana, pueden coexistir las más variadas actitudes, conductas y relaciones; moduladas exclusivamente por la tolerancia. Confianza y tolerancia frente a cada sujeto; filtrados día a día por la convivencia. Mientras la tradición Europea basa este equilibrio en la paja del ojo ajeno, la tradición indígena americana se concentra en la acumulación de vivencias en torno a un sujeto; en la acumulación de miradas en torno a una conducta; en lugar del prejuicio, el sentido común.
No olvidemos que hablamos de conductas criminales, de seres imperfectos, viciosos. Recordemos también que no hay seres perfectos, que es delgada la línea para atravesar. Esta es la circunstancia primordial. Todo individuo es juzgado por individuos, tan propensos a cruzar el margen de lo permitido como él mismo. Por eso se establece la discreción en el uso de la justicia y la reserva en la emisión de juicios: de acusaciones.
Antes de pasar a una descripción más específica, he de plantear la siguiente pregunta: ¿Quién es sujeto de un linchamiento? Cómo ya hemos visto, el asesinado parece no ser una ofensa suficiente, pues puede remediarse si el asesino se compromete a resarcir su mal, por medio de sustitución de las responsabilidades de la víctima, en su propia persona. Pero hay crímenes con los que la comunidad no se muestra tan tolerante, como es el caso de la violación. El abuso sexual y, más específicamente, en contra de menores.
Las historias de abuso a menores suelen suceder en la oscuridad, sin testigos, enmarcadas por el miedo. Pueden pasar desapercibidas por varios años, en tanto las víctimas son capaces de reconocer la agresión, y toman el valor para denunciarlo. Se ha difundido la idea de que un linchamiento ocurre a la más mínima provocación, al grito de: ¡Me violaron! Salta una manada de humanos, como si se tratase de animales acorralados, fieras presas de una psicosis colectiva. No hay en todo el reino animal una conducta de este tipo (a menos que sea inducida por la domesticación); entre los hombres tampoco (excepto entre los ejércitos y fuerzas estatales). La larga descripción de valores antes enunciada, revela una justicia más bien lenta, dudosa. Revela una actitud cotidiana verosímil: 
Una niña, agredida de manera cotidina y repetitiva, se atreve por primera vez a mencionar su vejación a su propia madre. ¿Cuánto tardará esta en comprender que lo que denuncia su hija es verdad? ¿Cuánto en denunciarlo? ¿Ante quién? Recordemos que la justicia comunitaria no posee oficinas ni oficiales; su representación está en cada individuo. El hermano de la madre puede ser el primer receptor de la noticia. Éste, tendrá que juzgar a su hermana, considerar si es digna de confianza, si su historia habla de una persona creíble, si sus palabras, si su tono de voz, si sus lágrimas, presentan una denuncia verídica. El hermano se verá tentado a obedecer los lazos sanguíneos y salir en busca de venganza; a cometer un asesinato, y puede que se equivoque, pero esto no sería un linchamiento. El hermano sería visto por la comunidad como un criminal y tendría una deuda con el equilibrio de esta. Supongamos ahora que no ha habido una sola víctima. Los desequilibrios mentales, las desviaciones, suelen ser conductas compulsivas, incontrolables para quien las comete; suelen repetirse y acrecentarse por la falta de corrección: suelen volverse crónicas. Una denuncia aislada: ¡Me violaron! puede no tener efecto alguno en medio del desierto, pero si la planicie está poblada por otras víctimas, por otras madre, por otros hermanos, tíos, tatarabuelas, cuya indignación se multiplica, cuyo juicio se reafirma en la suma de testimonios espeluznantes, entonces tendremos un linchamiento, y todas sus consecuencias.
La justicia "primitiva" es a prueba de burócratas, de jurisprudencias, de procedimientos adecuados. Es el poder repartido de forma equitativa y sí, es irracional. 



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