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sábado, 23 de febrero de 2013

La obsolescencia del estado.




No hay en la actualidad una corriente dedicada al desarrollo del estado, al modelo mundial de convivencia y orden, supuestamente aceptado por las masas del mundo. Es cierto que existen algunos mercachifles tratando de colocar sus productos utópicos en la imaginación del electorado, pero las acciones concretas, aceptadas al unísono por los gobiernos del mundo, son más bien de retirada: recortes a las garantías individuales y, por consiguiente, al institucionalismo; gobiernos y candidaturas en un autoritarismo ascendente; planes de emergencia ocupan el lugar que antes ocupaban los planes de desarrollo; fronteras blindadas; y, sobre todo, la búsqueda desesperada de un modelo enriquecedor que nos saque del hoyo donde nos metió el actual.
El ascenso de la era industrial vino acompañada en todo momento de un aliado filosófico, a saber: el positivismo. Junto con los molinos de viento aparecieron los primeros atisbos liberalistas, aglutinaron a pobres y burgueses en torno a un proyecto. Más tarde, en una aparente división ideológica, surgieron varias filosofías políticas que se adaptaron a la parafernalia de las distintas etnias europeas, como laboratorio del control masivo, con rumbo a la instauración del estado moderno. El experimento dio frutos y las doctrinas capturaron a las masas del mundo a través del positivismo científico: la demagogia.
Los imperios antiguos, así como las monarquías oscurantistas y medievales, vinieron acompañados por religiones que las colocaban más allá de la finitud terrenal, colocándolos como una zanahoria suspendida en el horizonte. Esta es la labor de las utopías, sin embargo nunca existió un mito que, como este, se desgastara de manera tan rápida. El catolicismo, aun medio milenio del fin de su imperio, sigue derramando rentas y fieles seguidores, igual que las mitologías griegas y romanas lo hicieran en su momento. La razón: el campo teórico fue abandonado.
Hasta los anarquistas siguen dando cátedra de economía, filosofía, política, etc; en las más importantes universidades del mundo. Los últimos nombres sobresalientes de la disidencia intelectual son abiertamente anti-estado y sus doctrinas son la base del movimiento político social desde hace al menos medio siglo. Aquellos teóricos que son contratados para asesorar al estado en declive, se limitan a redactar recetas de emergencia y planes para esperar el giro de la mala fortuna.
Para dejar claro mi punto hablaré en términos de programación, tan populares hoy en día. Nuestro sistema, el estado, se dirige a la irremediable descomposición, pues carece de soporte técnico; sus escasas actualizaciones son parches que producen fallos mayores, hechos a la medida de equipos aislados y caducos, que se comunican con el resto del mundo por medio de un lenguaje infectado y obsoleto.
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